Subirse a un autobús africano

   El taxi se desliza a toda prisa por un terreno irregular. Los faros del coche apartan cada pocos metros grupos de personas que parecen zombis a esa hora de la mañana. También asusta a algún perro despistado, que se ha quedado dormido demasiado cerca de la cuneta. El conductor conduce con pericia, desempaña el parabrisas al mismo tiempo que reduce marcha para poder subir un repecho. Addis Abeba esta lleno de cuestas. No en vano la capital de Etiopía es la tercera más alta del mundo después de La Paz en Bolivia y Quito en Ecuador. El viejo Lada refunfuña ante el esfuerzo pero sube la cuesta con presteza. Miro a mis compañeros de viaje y sonrío sorprendido de la capacidad del viejo utilitario ruso. Y eso que lleva mas de 25 años funcionando

   La neblina de la mañana se disipa casi de repente y ante nuestros ojos como si hubieran salido de la nada aparecen decenas de coches, taxis Lada como el nuestro y furgonetas Toyota. Todos modelos viejos que generan mucho ruido y humo. Como si persiguiéramos a alguien, salimos del taxi blanquiazul dando un portazo. Son las seis y diez y nuestro a autobús sale en menos de veinte minutos. En medio de la oscuridad cuento los sucios y gastados billetes, veinte, diez y dos de cinco por aquí y ya está. Cincuenta birr por tres pasajeros. No llega a cuatro euros pero en Etiopía no es barato. Tuvimos que contratarlo la noche anterior, aquí no hay Radiotaxi.

Aspecto de la estación de autobuses de Addis Abeba

  Cuando termino de pagar reparo en mi alrededor y tengo que hacer un esfuerzo por no quedarme atrapado entre todo el movimiento de la gente, el humo de los autobuses que se entremezcla con el de los taxis. Trabajadores de la estación ataviados con sus batas verdes y con linterna para ver los billetes, que los diferencian del resto, van de aquí para allá intentando vender las ultimas plazas de un autobús que va a Harar, niños que te venden chicles con sabor a plátano, una chica alta y sonriente con un enorme cesto de limas, otro con revistas y periódicos, un ciego pidiendo limosna…

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